domingo, diciembre 06, 2009

De una experiencia estética (Las lágrimas de Eros)

Nada hay más inevitable que los prejuicios. De hecho, como ya aseguraba Platón, “nuestro conocimiento depende de una reminiscencia”.

Lo que yo particularmente colijo de la inevitabilidad de la existencia de los prejuicios es, precisamente, la nula necesidad de tener que confirmarlos cuando se es consciente de ellos. Habrá, en todo caso, quienes deduzcan de esa inevitabilidad todo lo contrario, es decir, la necesidad de tenerlos que confirmar. Mezclando, así, el prejuicio con el deseo. Lo que les sucede a quienes, por ejemplo, ven la última película del director de cine que tanto odian esperando que no les guste.

Cuando fui a ver la exposición Las lágrimas de Eros lo hice esperando la decepción. Y, posiblemente, fue por ello que pude disfrutarla. Y la disfruté aún a pesar de corroborar todos esos defectos por los que previsiblemente no debía gustarme. O mejor dicho, la disfruté por gustar de las consecuencias de esos, en principio defectos.

Me explico. Podría decirse que la exposición era presumiblemente conservadora. Pues bien, puedo asegurar después de verla que, efectivamente, es sumamente conservadora. Pero los motivos por los que no ha sido más transgresora no me han importado ante el conjunto orgánico de la selección. Es cierto que pudo incluirse algún elemento que sirviera de contrapunto a tanta armonía, serenidad y equilibrio, pero he de reconocer que el conjunto se habría resentido y habría dado lugar a otro tipo de propuesta. Seguramente más parecida a todas esas propuestas posmodernas que pretendiendo abarcar el todo acaban proyectando una gran nada. Así pues, conservadora, pero coherente.

El otro factor que previsiblemente debía ser disuasorio no sólo no lo fue, sino que acabo siendo la clave del disfrute estético. Porque, en principio, ¿qué interés podía tener ver obra de Amaury-Duval, Elihu Vedder, Blondel, Wellens de Cock, Furini, Regnault, Rixens, Lefebvre o Lévy-Dhurmer? Pues, a priori, posiblemente muy poco. Si bien pensado, ¿no pudo ser ese exactamente el motivo de interés de esta muestra? Sin duda, como así ha resultado ser después. Y no tanto por cuestionar el canon cuanto por complementar el conocimiento estético. De hecho, es este tipo de obras de artistas menores las que se suelen de alguna forma ignorar cuando teniendo poco tiempo en la visita a un Museo se acaba uno dedicando a aprovechar el tiempo con las obras maestras.

En cualquier caso se trata de dos cosas distintas: no es lo mismo situarse ante la obra de unos artistas cuya calidad puede asociarse a la serie B que situarse ante unos artistas que simplemente fueron anulados por ese sentido revolucionario que ha reivindicado siempre la Historia del Arte. Es decir, no es lo mismo situarse ante pinturas hechas antes del nacimiento de la Historia del Arte (siglo XVIII), cuando el criterio estético se fundamentaba en la maestría y la excelencia, que hacerlo ante pinturas juzgadas por un criterio mucho más etéreo, más inefable (a partir del XVIII), esto es, mucho más divertido.

En este sentido, he de reconocer que me ha atrapado la obra de Jan Wellens de Cock aún cuando se trata de un artista evidentemente menor respecto a los que representan “mejor” su momento histórico. Y digo reconocer porque presumiblemente los artistas de serie B suelen tener un interés, digamos que subsidiario, complementario. Su cuadro Las tentaciones de San Antonio (1520), sin embargo, tiene algo de subyugante al tiempo que algo de turbador, quizá como los Brueghel más oníricos pero sin su aspecto rústico. El horror sufrido por el San Antonio de Wellens de Cock queda acentuado por el tremendo verismo que comporta la estilización manierista de los cuerpos de las mujeres. Valga la paradoja. En efecto, las mujeres de estas tentaciones, aún encontrándose deformadas por el manierismo nórdico, resultan más reales que las más esquemáticas de su predecesor El Bosco y añaden además morbo a la representación, un morbo que seguro no pasó desapercibido a El Greco más asceta y místico. Al lado de este cuadro se encuentra el de de Cèzanne, que me sume en el más profundo sopor. Con esas pinceladitas cortas y pretenciosas. Demasiado moderno para mi estado de ánimo. Cuando un moderno quiere practicar un simbolismo pictórico lo que hace es, generalmente, el ridículo.

La Historia del arte, siempre tan atenta a los inventos y a las ocurrencias, se despreocupó bastante de todos esos pintores que no podían desprenderse tan fácilmente de la tradición. Y encumbró a otros que no sabían lo que era una veladura. No siempre se equivocó a la hora de hacer su canónica selección, pero desde luego no siempre acertó (al menos a partir del siglo XX). Tan claro es que la tradición no puede ser un obstáculo, como que la transgresión tampoco debe serlo. En cualquier caso, los pintores de la escuela de Barbizón, así como sus sucesores los impresionistas, fueron los niños mimados del XIX desde el punto de vista retrospectivo. Y así, todos los artistas que no se atuvieron a la tabula rasa fueron ninguneados y rechazados por blandos, académicos y rancios.

En este sentido, resulta curioso en extremo que sean los académicos los que mejor han quedado representados en esta exposición, quizá porque fueron ellos los que conservaban ese nexo con la tradición a través del simbolismo. Los modernos, como digo, estaban más pendientes de inventar(se) y de molestar, por lo que la tradición era para ellos un lastre. Por lo tanto, además de ser los mejor representados, los pintores más académicos son también los que mejor representan las ideas que la exposición pretende transmitir. Con independencia de que ciertas piezas más modernas pudieran ser interesantes en sí mismas. Pero eso ya lo sabíamos: si por algo se caracteriza el arte moderno es por su ensimismamiento y por sus posibilidades.

O por decirlo de otra forma: los pintores menores eran aquí, por unas cosas o por otras, Courbet, Rubens, Corot, Warhol, Dalí, Munch, Abramovic (¡pesada, Marina, que eres una pesada!). Así que resulta interesante acudir a ver la exposición Las lágrimas de Eros porque en ella suceden las cosas a la inversa de lo preestablecido. Es decir, en los Museos acabas siempre por comprobar y confirmar las diferencias que median entre un artista de primera categoría y un artista menor. Rara vez falla este prejuicio; rara vez se desmiente (al menos, insisto, en lo que respecta a la producción anterior al XIX). En esta exposición la emoción se encuentra, sin embargo, en esas piezas que en los grandes Museos suelen pasar más desapercibidas, por ser consideradas anacrónicas respecto a su momento. Por ejemplo, en el cuadro de Gustav Dore (¡el ilustrador!), o en el de Amaury-Duval, o en de Lefebvre. Cuadros todos de artistas que fueron ninguneados por sentimientos revolucionarios y que representaban, en cualquier caso y verdaderamente, un academicismo no siempre bien entendido por encontrarse contrapuesto al supuesto progreso. De todas formas no deja de ser curioso que para hablar de erotismo tengamos que acudir a los blandos, académicos y rancios. Y no a los revolucionarios.

Otra cosa sería entrar de lleno en el Arte Contemporáneo representado. Ya habrá tiempo y maneras.

Nota. Respecto al post anterior, recomiendo el mismo vídeo que se encuentra en la página oficial (WEB) de la exposición. En él Guillermo Solana dice que el morbo que ha despertado la exposición lo entiende pero que, en cualquier caso, ésta se encuentra en los límites del decoro y la contención clásica. Y después hace una defensa a ultranza de lo sutilmente sugerido (haciendo referencia al pasado) frente a lo burdamente exhibido (haciendo referencia a lo contemporáneo). Por tanto, el hecho de que la muestra pueda considerarse conservadora sólo tiene que ver con la elección de la obra contemporánea, nada con la anterior a ella. Es sólo desde la contemporaneidad que pudo mostrarse la dureza de la misma carnalidad (y no se hizo).

1 comentario:

Anónimo dijo...

Conservador, ciertamente.

(Poussino)