domingo, junio 24, 2007

M. y el umbral diferencial (24-6-07)

Sucede con menos frecuencia de lo que me gustaría, pero al menos sucede de vez en cuando. Eso sí, sucede, sólo, cuando me puedo permitir que suceda.

Y es que comer en un restaurante “michelinesco” desbarata, siempre, la economía de cualquier individuo de una clase tan media como la mía. Así pues, y esto resulta de suma importancia, acudo al conocido restaurante con una inquieta expectación ante lo que va a ser un hecho incrontrovertible: la experiencia sensitiva que voy a vivir no sé si va estar en consonancia con lo que me va a costar (€) vivirla. En cualquier caso, el riesgo es un componente intrínseco a la afición culinaria. Lo sé y lo acepto.

Tengo que elegir entre dos posibles menús, uno relativamente sencillo con los platos más emblemáticos del local y otro más largo denominado Universo Local, conformado por 17 platos. Ahí es nada. Me decido por este último.
Este día no es cualquier día, me digo.

Las cosas transcurren de forma más o menos previsible: buen trato y un sinfín de platos secuenciados con medida precisión. Respecto a la propuesta estrictamente culinaria poco habría que apuntar más allá de poder matizar todos los platos a partir de mi particular gusto (si aceptamos que el nivel de estos restaurantes estrellados es siempre más que aceptable), pero no es este el tema que ahora me ocupa.

En cualquier caso, salsas excéntricas, escarchas, contrastes juguetones, parafernalias lúdico-sorpresivas, combinaciones imposibles, denominaciones pretenciosas, cocciones hipercalculadas, caramelizaciones, lacados, melosidades inesperadas, etc.

Hasta aquí la descripción de los hechos. Ahora bien, ¿qué podría esconderse detrás de una experiencia personal como la que acabo de describir?, ¿sería posible que hubiera algo que hiciera secundaria esa experiencia que pretendía ser primaria?, ¿cuál pudo ser la realidad más real respecto a esta experiencia descrita? Pues ésta (y que nadie piense que cambio de tema):

Uno: Lo que percibimos es casi siempre una cosa distinta de aquello que “nos viene dado” por los datos sensoriales. Podríamos hablar de datos imaginados, y serían los que provendrían de nuestro conocimiento, de nuestra cultura, de nuestros recuerdos. La percepción tiene un carácter sintético y por eso nosotros percibimos siempre estructuras, complejos de relación. Por ejemplo el dibujo de un tetraedro en planta sería entendido como una pirámide y no como un dibujo de seis líneas porque el cerebro recompone esas seis líneas en algo reconocible, asimililable. Por vivencial: deja vù.

Por ejemplo, me tomo un Cuba Libre de Fois y mi sensación no puede desvincularse de un recuerdo muy intenso relacionado con un plato parecido tomado en circunstancias muy concretas. Y en ese detalle me pierdo, y mi campo de atención queda contaminado por una sensación más fuerte que la propia del sabor que experimento.

Dos: La percepción es un fenómeno complejo y la sensación es un fenómeno simple resultado de una abstracción. La percepción es pues un fenómeno real y concreto, y la sensación no tiene realidad, es un elemento abstraído de la percepción. De esta forma, toda sensación está condicionada por tres clases de factores: físicos, fisiológicos y psicológicos. El primero podría ser considerado como el estímulo y el segundo como el desencadenante del tercero. La sensación sería la modificación que sufre la psique una vez el cerebro ha sido afectado por lo transmitido neurológicamente. Y esa afección puede estar contaminada por un excitante inadecuado.

Por ejemplo, me tomo una Gamba de Denia con caldo de su propio jugo. ¿Qué tiene que ver la ebullición del agua con una gamba de Denia?, ¿y esto con mi sensación de degustarla? Nada, porque la sensación, como fenómeno psíquico, aunque es producida por un excitante, no deja de ser una cosa completamente distinta de él. Así, si la sensación es un fenómeno subjetivo (una modificación de la psique), el excitante no es más que su causa productora. Pero, al mismo tiempo, como decimos y dada la subjetividad de toda sensación, compruebo que el placer de degustar la gamba queda afectado por un excitante inadecuado (por ajeno a la experiencia propia del momento). Y por tanto contaminado por el mismo.

Tres: La menor cantidad de estímulo que es necesaria para producir una sensación se llama umbral inferior. Una luz débil apenas se vislumbra, un sonido lejano apenas se oye. Cuando el estímulo es muy intenso y llega un punto tal que ya no aumenta la sensación, aunque aquel siga aumentando, tenemos el umbral superior. Una bombilla de 1000 watios no ilumina mejor nuestra lectura que una de 100 watios.

En el caso que nos ocupa, todo lo degustado se encuentra directamente relacionado con el estímulo de los mismos exquisitos platos. De eso se trata cuando uno frecuenta este tipo de restaurantes. La sensación se aproxima al umbral superior, pero sin llegar a él en ningún momento. Es una putada. Sobre todo porque las condiciones eran favorables.

¿A dónde pretendo llear con todo este rollo? Pues a decir que un sentimiento se ha introducido en mi vida y se ha apoderado de mí, un sentimiento de amor. Y que ese sentimiento me hace percibir las cosas de tal forma que mi sensaciones ante las experiencias vividas solitariamente no son las hasta ahora más o menos previsibles. Son más precarias, podríamos decir.

En efecto, como queda claro en los tres puntos, yo he ido a vivir una experiencia concreta y (pre)determinada suponiendo que, como en otras ocasiones, sería un fin en sí misma y me he encontrado con una experiencia frustrante en la medida de incompleta. Para mí no hay mejor muestra del estado que experimento que el de sentir que ciertas cosas no son lo mismo sin ser compartidas con la persona que amo.

En el uno me “pierdo” con el fois porque mi campo de atención ha sido inadecuado; el detalle que centraba mi atención no se encontraba en el plato sino fuera de él, en el recuerdo que me producía su sabor, en el recuerdo asociado a mi deseo. En el dos comprobaba que el excitante que debió ser no funcionaba y que por equivocarme de excitante no he podido disfrutar el plato en la medida que seguramente se merecía. Debido a mi deseo y mi frustración, claro. En el tres el umbral se debilitaba en la medida en que faltaba algo. Y yo sé que lo que me falta es lo que ha hecho de mi experiencia una experiencia precaria. He sentido placer degustando un arroz senia meloso, desde luego, pero me ha faltado el estímulo que me habría llevado al umbral superior, el pretendido umbral superior. Una putada, insisto.

Se llama umbral diferencial a la cantidad de excitante que es preciso añadir al ya dado para que se experimente un aumento de sensación. Si en una habitación iluminada con cien bombillas enciendes una apenas percibiremos cambio, pero sí lo percibiremos si encendemos diez. Este mínimo aumento necesario para que la sensación varíe es el umbral diferencial.

Una simple (¿) mirada de M. habría bastado para que las salsas excéntricas, las escarchas, las melosidades y todo el resto de parafernalias hubieran hecho de la experiencia un desentrañamiento del mundo.

domingo, junio 17, 2007

Estrategias fatales

Me los imagino a los dos, hace unos meses, teniendo que decidir sobre la propuesta que debían hacer para la Documenta de Kassel. Y me los imagino con claridad meridiana, si fuera posible imaginar de tal forma. Así pues, sentados ambos con papel y bolígrafo y haciendo garabatos como los que se hacen en voz alta. Ya saben ustedes, círculos flechas, reencuadres, etc. Nerviosos pero sosegados ante la responsabilidad que suponía responder a unas expectativas tan altas: las de integrar la cocina en el arte a través de un evento que es, en sí mismo, la pura y genuina representación del arte.

Me los imagino, como digo, sabiendo que es mucho lo que se jugaban en la participación de uno de los eventos más influyentes del arte contemporáneo. Él, el más grande cocinero del mundo de nuestra cambiante actualidad, Ferran Adrià, el Ferran que diría un catalán, ella, la hija de uno de los más grandes cocineros de otra actualidad cercana, una experta en arte y su historia. Había pues que afinar, sobre todo habida cuenta de que ser el número uno en algo no depende tanto de alguna excelencia cotejable como de afinar y atinar en las estrategias publicitarias.

Me los imagino comenzando de cero en su primera reunión, sosegados pero inquietos y sobre todo garabateando con flechas sobre papeles en blanco. Y me los imagino llegando a la conclusión definitiva, la que ha provocado la polémica; una polémica tan estúpida como todas las polémicas que rodean al mundo del arte. Me los imagino diciéndose uno al otro y con brillos en los ojos: “ si lo que hacemos nosotros es cocinar y lo hacemos mejor en las instalaciones que hemos creado para los efectos, ¿por qué tener que hacer algo para ser uno más de los artistas que llevan acudiendo años a Kassel?, ¿por qué no hacer algo para ser distinto a todos esos artistas que llevan haciendo lo mismo desde que existe la Documenta?, ¿por qué no ser coherentes con nuestro quehacer cotidiano y hacer lo único que sabemos hacer, que es hacer exactamente lo que hacemos todos los días, ni más ni menos?, ¿por qué entonces tener que acudir allí a epatar a nadie si nuestro negocio consiste en hacer venir aquí a todos desde todas las partes del mundo?”. Y con dos círculos (uno más grande y otro más pequeño) y dos flechas se habría dilucidado la propuesta: “si nuestra cocina está a la altura de ser considerada arte, que vengan a donde el milagro se da, un milagro que sólo puede darse allá donde se produce la conjunción de los astros, esto es, en El Bulli. Que vengan, sí, y que vengan de dos en dos. Que la pela es la pela tú”.

Nada que objetar, por supuesto. La propuesta está, sin duda, a la altura de aquello que ha hecho de Ferran Adrià el mejor cocinero del mundo: su inteligencia. De ahí que haya tanto mosqueo en el mundo del arte y se digan cosas tan bobas como “Me pregunto cuál ha sido el papel de ayuda (se refiere a la hija de Arzak) para terminar haciendo algo tan obvio” (Toni Strany).
Otra cosa sería valorar, no la inteligencia del Ferràn, sino su cultura. Otra cosa sería valorar su cocina respecto a la cocina tradicional y no respecto a su espíritu novedoso y su carácter original (conceptos tan artísticos ellos). O sea, otra cosa sería que pudiera considerarse innecesario relacionar una disciplina tan necesaria desde el punto de vista biológico con otra sólo necesaria para alimentar el espíritu. Porque otra cosa sería dilucidar si las cosas (navegar, amar, escribir, etc.) pueden hacerse -o no- con o sin arte, algo que parece tener todo el mundo claro.
Y otra cosa sería valorar la necesidad actual del arte por encontrar cosas que aún creen polémicas... tan innecesarias y poco productivas como un programa de salsa rosa.

sábado, junio 16, 2007

Tesis (atrevida)

Rothko es, como todo el mundo sabe, algo más que un pintor; es un MITO. Algo que se debe, en muy buena medida, a su suicidio. A su “oportuno” suicidio. Un suicidio que se produce, paradójicamente, cuando el pintor contaba con el mejor contrato económico conocido de toda la generación de pintores abstractos. Así que, quede claro desde el principio: no fue la penuria económica lo que indujo al pintor a quitarse la vida.

¿Pudo haber sido el sentimiento de incomprensión? A tenor de su éxito cabría decir que no. Entonces ¿a qué pudo deberse?

Se han publicado recientemente escritos suyos. Ha sido un buen momento para intentar encontrar razones, las razones de su suicidio. Razones de peso, se entiende. Las que se les escapan a todos esos exégetas que cuando hablan del mito no aciertan a entender su suicidio, el suicidio que lo convirtió en mito.

Aquí dos pistas que provienen de esos escritos:

“Detesto toda la maquinaria de popularización del arte: universidades, publicidad, museos.... y a los vendedores de la Calle 57”.
“Pinto cuadros muy grandes porque quiero ser íntimo y humano”.

Así, Rothko parece ser el único que no sabe que la historia en la que vive inmerso, la del arte, debe su existencia precisamente a aquello que detesta. Y que por lo tanto él no existiría sin sus progenitores, sin sus creadores. El arte sólo ES en la medida en que existe toda esa infraestructura que detesta.

Por tanto ya sabemos algo: Rothko, el gran Rothko, es, además de ingrato, BOBO

Además sabemos que pintaba cuadros grandes porque no cabían en casi ninguna casa probablemente habitada por proletariado, pero sí en las casas de los amigos de los vendedores de la Calle 57. Que le pagaban cantidades astronómicas para que no se ocurriese pintar miniaturas.

Repetimos: ¿Pudo haber sido el sentimiento de incomprensión lo que le indujo a suicidarse? A tenor de su éxito cabría decir que SÍ.
Se suicidó, no tanto porque no soportara toda la "maquinaria de popularización del arte", cuanto porque en realidad la amaba más que a su propia pintura. Incomprensión, pues, pero incomprensión hacia sí mismo. A quien detestaba era a sí mismo: por pintar, sólo, aquello que le exigían los vendedores de la Calle 57 y al tamaño que le exigían los museos, pero sobre todo por tener que creer que esos tamaños respondían a un deseo de ser íntimo y humano.

lunes, junio 04, 2007

Buenismo

Se dice que los extremos se tocan. Y es cierto, un fanático es un nihilista y un creyente un desalmado. Los extremos se tocan porque estamos hechos de ellos. Las dualidades prevalecen como ley y los términos antitéticos se imponen. Así la cuestión no es si se tocan o no los extremos, sino el cómo lo hacen: cómo se tocan esos inevitables extremos que aturden al sujeto.

En cualquier caso, los extremos se tocan: a veces a través de las llemas de unos dedos y otras a través de unas ruedas dentadas. Dos formas diferentes de enfrentarse a la naturaleza humana. Es decir, a veces los extremos se tocan en un sujeto provocando en él una cierta consciencia de la inevitable tensión entre los polos, y aveces se tocan sin que el sujeto se aperciba de tensión alguna. La primera de las posibilidades configura sujetos de apariencia débil y la segunda sujetos de apariencia robusta. Por lo que nos encontramos ante una curiosa situación, pues la debilidad y la robustez son, además de términos antitéticos, términos neutros que necesitan un contexto para saber de su positividad. De ahí que hablemos de apariencia. Y de ahí que sospechemos, siempre, digámoslo ya, de los que se muestran a sí mismos como “robustos”.

Así, nada que objetar cuando en un sujeto los extremos se tocan a través de un punto que equidista de unos nuevos extremos, como cuando alguien duda de sí mismo. Sin embargo, cuando los extremos se tocan a través de un círculo cinético es cuando los extremos, además de tocarse, terminan por fundirse y confundirse, desaparecen las referencias y por tanto nada equidista de nada. Cuando esto sucede emerge la figura de quien se sitúa en contra de un extremo sin apercibirse de estar en el otro; que es el mismo... debido al contacto. O por decirlo de una forma vulgar: emerge el buenismo (con sus representantes), uno de los grandes males de nuestra posmoderna era.

Por entendernos (por fin): quienes por estar en contra de una guerra pronuncian a grito pelado “no a las guerras” son quienes se adhieren a un furibundo relativismo en cada discusión mientras creen firmemente en su su superioridad moral. Y su maniqueísmo les obliga a vagar por una cinta de Moebius que conduce a ninguna parte. Son gente que, muy probablemente, asocien (aún) propiedad (privada) a latrocinio. Y digo “muy probablemente” porque los buenistas están conformados por un 10 % de agua y un 90 % de reminiscencias.

O por seguir entendiéndonos (si fuera posible): quienes en referencia al problema vasco (que no es sino un problema de irracionalidad por una de las partes) dicen “diálogo, diálogo y diálogo” son, con toda probabilidad, quienes creen que las leyes las hacen los individuos y el derecho lo engendran los gobernantes. Y digo “con toda probabilidad” porque los buenistas no distinguen entre las amenazas que exigen el cumplimiento de unas necesarias reglas comunitarias y la amenazas de unos matones.

Addenda. Lo decia Alan Alda en una de las mejores películas de Woody Allen mientras sujetaba una vara y la flexionaba: “si se dobla tiene gracias si se rompe no la tiene”.

domingo, mayo 27, 2007

Terror...

No se lo podía creer. No podía creer que le estuviera sucediendo a él. Si no llega a ocurrirle a él, él no habría creído nunca que tal cosa pudiera suceder.

Todo comenzó cuando un día, bajando las escaleras de su casa, notó un minúsculo latigazo en la coronilla de su cabeza. Inmediatamente después oyó el portazo.
Se echó mano a la cabeza y se encontró mojado el cuero cabelludo. Humedad viscosa. No supo qué pensar y por eso mismo no quiso darle más importancia.

Cuando al día siguiente se encontraba sobrepasando el rellano del segundo piso volvió a sucederle la misma historia, la misma historia del día anterior. Bajaba de su cuarto piso y sobrepasado el rellano del segundo alguien salía de su casa le escupía a traición y se escondía. Esta segunda vez pudo ver cerrarse la puerta. Se tocó la coronilla y recogió las babas de aquel segundo escupitajo.

No supo qué pensar pero la idea de lo sucedido no le abandonó durante toda la jornada. Pensó pedir explicaciones a su vuelta a casa, pero la mezcla de perplejidad y de incredulidad se aliaron con pequeñas dosis de pereza y cobardía. No pudo casi dormir.

Como si los dos días anteriores hubieran sido el producto de una pesadilla decidió bajar las escaleras de su casa como si nada pasara. Pero sucedió de nuevo. La misma historia: él sobrepasa el rellano y cuando todo parece transcurrir de forma normal se gira discretamente y se encuentra al otro, a su vecino, escupiéndole a la cabeza sin dejar de mirarle a los ojos. Inmediatamente después, el portazo. Regresa unos peldaños y llama al timbre de la puerta. Le abre, sonriente, el agresor, un tipo fuerte y sin duda cínico. Le pide explicaciones y el tipo se las da: “te escupo -le dice-, porque eres la perfecta representación del mal de nuestra sociedad actual. Te crees muy listo pero conmigo has dado en piedra. A mi no podrás engañarme: sois vosotros los que nos tenéis subyugados a los que tenemos que hacer esfuerzos por sobrevivir a diario. ¿ O es que te crees que no sabemos de dónde ha salido tu Mercedes? Y encima os creéis respetables sólo porque lleváis una vida social que encubre vuestras miserias humanas. Tu Mercedes es el símbolo de la alineación de los otros, de nosotros, los trabajadores que os lo pagamos. Ya te digo, a mí no vas a engañarme”.

No supo qué contestarle. O mejor, después de ese discurso comprendió, en milésimas de segundo, que todo lo que pudiera decir sería perfectamente infructuoso. Sobre todo porque tal discurso (arcaico: ese plural "os creéis") no podría sostenerse ni con alfileres: si el discurso trataba de ser, digamos que político, no había forma de entender por qué había cogido de cabeza de turco a un vecino y no a un mandamás, o a un político, o a un gran empresario. Y si el discurso pretendía representar (de forma irresistiblemente infantil), digamos que a una ideología anticapitalista, lo que carecía de sentido por completo es que se cebara con un tipo que mostraba su poder viviendo en el cuarto piso de una finca sin ascensor.

El caso es con una invariabilidad enfermiza le empezó a escupir a diario. Él pasaba, el otro salía, él intentaba esquivar y el otro escupía. O: él pasaba, el otro salía, el se parapetaba y el otro escupía. La cuestión es que no siempre acertaba con el salivazo pero indefectiblemente se producía la agresión. A diario. Él intentó hablar en más ocasiones con el agresor, pero la respuesta era siempre la misma: “a mi no me engañas, tienes que pagar las consecuencias de tu desprecio a la sociedad. Sólo te cabe una solución: vender el coche y comprarte un utilitario, un coche que carezca de ostentación”.

Comenzó entonces su periplo kafkiano: reunión de vecinos, administrador de la finca, abogados, etc. Pero la conclusión que sacaba era siempre la misma, la que se reduce a una frase hecha: “los problemas de vecindario tienen mala solución”. Claro, a él eso no le servía de nada. Es más, su insistencia llegó ser una gran molestia para quienes no querían mezclarse en problemas ajenos. Y la ley no tenía pruebas ante una tal infracción que se producía, según cuenta el agredido, sin motivos de ningún tipo. Además algo complicaba las cosas de sobremanera: se trataba de un tipo que se llevaba bien con todos, especialmente con los niños de los otros vecinos, para los que siempre tenía un detalle. En fin, todo el mundo se desentendía de un problema “personal” del que se carecía de pruebas.

Sólo le quedaba comentarlo a sus allegados esperando que alguien le ofreciera una solución. Y sólo había dos tipos de repuestas: la de quienes creían que la clave estaba en el diálogo y la de quienes saben que no hay coche que cambiar. Es decir, sólo había dos tipos de posibles soluciones: la que se sustentaba en un entendimiento que se debía presuponer de un diálogo y la otra, la de quienes saben que diálogo no significa comunicación y aún menos cuando para el diálogo se exige claudicación.

miércoles, mayo 16, 2007

(des)creación

El clarinete es un instrumento con una extraña historia dentro de la música de Jazz, decía en el anterior post. Y es cierto: comenzó siendo la parte más importante de reducidas formaciones improvisadas (allá por sus orígenes), pasó después a ser el instrumento idóneo para dirigir el swing de las big bands más populares y de ahí pasó, sin más, a desaparecer. El saxo, con ese sonido roto que tanto gusta a los que siempre están dispuestos para el alcohol y las drogas, fue quien se quedó con todo el protagonismo del entonces nuevo jazz, el be-bop. Y así les fue a sus acólitos..

Quizá se debiera a su sonido poco agresivo, o quizá se debiera a que, después de todo, esa falta de agresividad del clarinete no coincidía con los parámetros (necesariamente revolucionarios) de unos músicos que eran, ya, más artistas que otra cosa. El caso es que poco más allá del swing el uso del clarinete es, para el jazz, un capricho excéntrico de algún músico despistado cuando no nostálgico. Ni siquiera Count Basie, el más clásico y elegante (por sobrio) de los modernos le dio una oportunidad. Sólo el Duke contó siempre con él, y no con uno sino con dos, dos clarinetes extraordinariamente diferentes entre sí (Hamilton y Procope), pero el Duke no era un músico de Jazz, era un dandy cachondo y muy religioso: un músico a secas.

En ese lapsus temporal de inexistencia clarinetística hubo algunos músicos que decidieron investigar el instrumento por otros caminos. Puesto que los grandes productores de entonces no mostraban interés por el instrumento los clarinetistas más insobornables decidieron buscarse la vida y se dedicaron a hacer “cosas raras”. Uno de ellos fue Tony Scott, que se dedicó a viajar y a conocer las músicas de otros países para crear con ellas posibles sinergias. De Marruecos a la India, de la India a Japón... Y de la experiencia excéntrica salió una música híbrida extraña. Por decirlo de forma grosera y dicho así sólo para entendernos: hizo, avant la lettre, una suerte de new age. En cualquiera de los casos (y por aclarar), hizo una música cuya mejor fortuna fue la de no ser popular en su tiempo, y su peor fortuna la de parecerse tanto a una música pastosa y blandengue que se puso de moda 30 años después de ella.

Así, mientras en 1964 los más prestigiosos músicos de jazz de aquel entonces consumían sus vidas en garitos ahumados (que por algo eran artistas) y en piscinas de alcohol, Tony Scott grababa su Spirit of zen en compañía de Shinici Yuici y Hozan Yamamoto. Y lo hacía sentado sobre el suelo, como mandan los cánones japoneses: él al clarinete, Yuize al koto, y Yamamoto al ahakuhachi.

Y ¿cómo se compenetraron? Pues muy sencillo (¿): los tempos, los ritmos y las armonías serían orientales (escalas chidori), pero la forma de abordar las piezas sería estrictamente jazzística. Por decirlo de otra forma: la condición que propuso/impuso Scott a sus colegas fue que se dejaran llevar por todo lo que sabían y lo que sentían y que improvisaran absolutamente.

Shinichi Yuize era por aquel entonces un más que reconocido compositor que jamás pensó que la música podía improvisarse. Ser un excelente intérprete al koto podía ser una anécdota al lado de lo que significaba ser el compositor de unas piezas que requerían ser interpretadas con precisión. Así es la cultura japonesa: si uno quiere aprender a pintar acuarela debe pasar unos cuantos años para aprender a coger el pincel. Así que, quien entonces lo tuvo verdaderamente difícil fue Yuize, porque lo que tuvo que hacer para afrontar su cometido fue des-crear.
En efecto: para Scott se trató de un juego, un juego estético con aires místico-espirituales; para Yamamoto fue otro juego, complejo pero juego, pues ya llevaba varios años colaborando con músicos occidentales de variado pelaje; pero para Yuize se trató de un verdadero sufrimiento. Tanto que nunca se atrevió hacer en público lo que sólo se atrevió a hacer en grabaciones restringidas y limitadas. Para poder cambiar su registro tuvo que abandonar toda su tradición, todo su saber, toda su verdad, una verdad que por fuerza debía ser Verdad. Pero renunció a todo ello y decidió deshacerse de todos sus principios, de todas sus normas, de toda su historia, de toda la Historia. Se trataba de algo muy superior a la mera improvisación; había que improvisar sobre una base mental extraordinariamente estricta en la que improvisar era, más que un juego, un sacrilegio. Tuvo, en definitiva, que olvidarse de la creación y tuvo, en definitiva, que des-crear. Tuvo, en definitiva, que DES-CREER.
Así, mientras todos creaban porque en nada creían más que en sí mismos (ese es el mundo de la improvisación y la renuncia a lo estipulado) uno de ellos descreía a fuerza de descrear.

domingo, mayo 06, 2007

Pseudoexperimento y Jazz

Hace poco no sé quién ha realizado una pruebecita con no sé muy bien qué fines. Las conclusiones, claro, tampoco sé bien en qué han consistido. La cuestión es que pusieron a un violinista prestigioso a tocar en la calle, es decir, lo pusieron a tocar de “incógnito”. Y lo que sucedió ante el experimento no pudo ser mas que lo que era previsible: durante todo el día sólo fue reconocido sólo por una persona y sus emolumentos dieron para medio bocadillo. Y aun siendo previsible, todos los comentaristas del incidente se han echado las manos a la cabeza y han abierto la boca.

Más allá de análisis sociológicos realizados para cubrir 2 minutos en un telediario, nadie ha analizado las consecuencias de la pruebecita desde el punto de vista de la interpretación musical. Lo han hecho, sólo y lógicamente, desde el punto de vista de la espectacularidad de lo noticiado. Y así, las conclusiones son esas: las que se sorprenden ante lo que era previsible. De locos, claro, pero es así como funcionan los media.

La llamada música clásica adolece del mismo mal del arte, el de haber eliminado al público y haber dirigido su producto sólo al experto. Nada nuevo digo con esto, sólo lo repito a instancias de las conclusiones que se extrajeron de una pruebecita que se realizó no sé bien con qué fines. Barico, en su extraordinario libro El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (Ed. Siruela), dejó bien claro que la llamada música clásica (o culta, o seria, no sé a cuál más absurdo calificativo) cavó su fosa cuando se distanció de quien pagaba por ir a los conciertos.

La cuestión de interés respecto al experimento es pues otra y por tanto la duda es: ¿qué es lo que tenía el público que haber hecho ante el intérprete?, ¿cómo debió responder para que pudiéramos entender que respondió correctamente? (puesto que las conclusiones que se extrajeron es que el público no supo, no entendió, no agradeció, ya fuera porque ese público pudiera ser ignorante, ya fuera porque la música clásica es en sí misma dinasáurica o anacrónica), ¿la respuesta correcta era mostrar interés?, ¿interés respecto a qué: respecto a la belleza de la música, respecto al virtuosismo del músico, respecto a la interpretación, respecto a la adecuación interpretativa de una concreta pieza musical, respecto al reconocido músico por reconocido, respecto a lo sorprendente de su ubicación urbana?

La llamada música clásica adolece del mismo mal del arte, el de haber eliminado al público y haber dirigido su producto sólo al experto. Pero además cuenta con otro mal, el de no haber solucionado el tema de la interpretación de forma convincente. Una partitura musical admitirá muy diversas interpretaciones pero éstas nunca dejarán de ser, salvo experimentos iconoclastas, interpretaciones que deben ajustarse a unos muy estrictos y matemáticos parámetros (que para eso son intérpretes los que sólo eso son). Es decir, podrá un violinista ser visceral y pasional y otro violinista ser frío y distante tocando la misma pieza de Paganini (24th Caprice For Solo Violin). Y lo harán, valga la redundancia, en función de su propia interpretación. Pero en cualquier caso su interpretación podrá ser cuestionable en función de haber captado mejor o peor (¿) el alma de una pieza que tuvo unos fines muy concretos y un autor que lo fue en una época y un contexto muy concretos. Hasta aquí, la pruebecita y mi desconcierto ante lo que se pretendía con ella.

Mutatis mutandi. El clarinete es un instrumento con una extraña historia dentro de la música de Jazz. Comenzó su andadura siendo fundamental en los pasacalles de la originaria música Dixieland, pero eso era en los momentos en los que el saxo apenas tenía cabida, la percusión la ejecutaba un tambor y los bajos una tuba. Aún así salieron por entonces clarinetistas que, además de tocar con un peculiar estilo que los distinguía, sacaron del instrumento un sonido diferente. Y con todo ello pudieron otorgar al instrumento las connotaciones que requiere una historia que basa la evolución de los intérpretes en la excelencia de su creatividad pura. Como es sabido hasta el Jazz más simple, que es el originario, se basa el la constante interpretación de lo que no son más que unas pautas. Así, la pieza que se ejecuta se ejecuta siempre de forma diferente.

Nada tiene que ver el sonido que Jimmy Noone producía con su clarinete que el que afloraba en los solos de Johnny Dots, ambos músicos pertenecientes a la primera época del clarinete. Y por su puesto nada tenía que ver el estilo más ligado del primero con el distendido pero contundente del segundo. Hay clarinetistas (muchos) que usan sólo el registro medio y alto, como Pee Wee Russell y otros cuya originalidad consiste es usar el poco frecuente registro grave, como Tony Scott. Hay clarinetistas que abordan las notas ligándolas como norma, como Barney Bigard, y otros que las abordan picándolas, como Jimmy Giuffre. Hay clarinetistas con sentido popular del ritmo, como Artie Shaw y Benny Goodman, y otros con un sentido del tiempo bastante arrítmico, como Rusell Procope. Hay clarinetistas que usan cañas duras para diseminar el sonido y poder confundirlo con el sonido con una flauta o el de un saxo y otros que usan cañas blandas para localizar el soplido e incrementar la limpieza del mismo. Así, nada tiene que ver el sonido sucio de Giuffre con limpio de Darensbourg; pero tampoco el compacto que produce Albert Nicholas con el chirriante que produce Edmond Hall aun cuando ambos usen cañas blandas. Tampoco Sydney Bechet produce el mismo sonido que Procope aun cuando usen los dos el registro grave, ni se parece el estilo de Giuffre y el de Woody Herman, ni por sonido ni por concepto. Ni el de estos al de Hamilton. Ni ninguno al de Mezzrow. Y así sucesivamente.
Si me hubieran colocado a Sandy Brown en la esquina de mi casa tocando el clarinete no lo hubiera reconocido por muchos cds que tenga de él, pero me habría quedado absorto y habría subido a mi casa diciéndome a mí mismo, a quién si no: "no somos nadie".

sábado, abril 28, 2007

Lógico odio al hombre

Las estadísticas son la versión numérica de una inextricable Realidad. Si nos las creemos corremos el riesgo de acabar veraneando en Benidorm y si decidimos prescindir de ellas podemos acabar cazando moscas. El caso es que, a pesar de todo, los medios de comunicación no sólo se nutren de ellas sino que las usan de fundamento. Y de ahí que te pongas a ver un telediario y creas estar subido al Dragón Khan.

En cualquier caso, las estadísticas hacen de las suyas. Van a la suya; que quién sabe si es o no la nuestra. Tanto es así, que ya no me sorprende lo que parecería mentira si no fuera porque forma parte de las estadísticas: ayer leí, en un periódico, que uno de cada cuatro adolescentes padece bullyng en la escuela. Y digo que sin sorprenderme porque hace ya tiempo que las estadísticas se han asociado con el número cuatro, aunque parezca increíble, aunque parezca mentira. Pero tan real como que las estadísticas van a la suya y se han aliado con el cuatro: dicen las estadísticas publicadas en los medios que una de cada cuatro personas sufre mobing; que una de cuatro mujeres sufre acoso sexual; que una de cada cuatro mujeres sufre malos tratos.

Sin ir más lejos. En la sala de cine donde ayer pasé la tarde y donde todo parecía normal había cerca de 40 mujeres sufriendo algún acoso sexual, otras 40 siendo maltratadas directamente y varios adolescentes compungidos por acobardados. Más: en la cena que a mitad de año se celebra en la escuela de la que soy profesor había 8 alumnos que sufren a diario pero en silencio los ataques de algunos de sus compañeros y seis de ellos que se sienten violentados, quizá por las inhumanas exigencias de sus maestros. Además, dos o tres de mis alumnas están siendo maltratadas por hombres de edad indefinida. Más: en el vagón de tren donde viajé el martes pasado estaba plagado de mujeres maltratadas pues coincidió que en él viajaba un grupo numeroso de mujeres que lo hacían con fines deportivos (iban todas en chándal). Y a más gente agrupada menor es el margen de error para las estadísticas. Así, si vamos a la playa un día de verano, debemos saber que estaremos tropezándonos todo el día con mujeres maltratadas.

Y después de todo lo que resulta más turbador: en mi entorno personal (amigos, conocidos y familiares) hay un número variable pero preocupante de mujeres maltratadas. Debo creer que así es porque nada me debe hacer creer que es en el grupo personal de ustedes, lectores, donde se encuentran todas esas mujeres que deben hacer cumplir las estadísticas. Sería una falta de educación y demostraría poco respeto hacia quien no conozco.

Sé dónde buscar los culpables del bullyng que sufren mis alumnos. Sólo pueden estar dentro del mismo centro, muy probablemente dentro de la misma clase. Aunque yo no sepa detectarlos, ahí están, esperando un descuido mío para putear a su compañero de pupitre. Lo que no sé es cuantos son los canallas; no sé si es solo uno el que amedrenta a esos 8 o son 24 los canallas que se turnan para amargar la vida a esos 8 pobres infelices. Todos tenderían a creer que las dos o tres alumnas maltratadas según los cánones lo están siendo por sus respectivos novios, pero en realidad no tenemos garantía alguna de que así sea porque las estadísticas sólo saben de víctimas, que son la parte más rentable de la sociedad actual.

También sé dónde buscar a los culpables de esos 80 cinéfilos que sufren persecución en su trabajo: en sus jefes inmediatos, en sus supervisores (casi todos varones pues la sociedad es por eso machista, dicen). Y dado lo que se infiere de las propias estadísticas todos tenderían a creer que las 40 mujeres cinéfilas que tan apaciblemente comen palomitas con sus compañeros de butaca están siendo maltratadas por ellos, sus silenciosos compañeros de butaca. Así son las estadísticas: allá donde haya 40 mujeres maltratadas hay 40 hombres maltratadores.

Así, la sala de cine estaba plagada de canallas. Y la playa es, en verano, una reunión de depravados que hacen como si juegan a hacer castillitos de arena o leer el periódico debajo de una sombrilla. Cosa que hacen mientras sus broncedas mujeres (25 de cada 100) viven, aunque no lo parezca, acobardadas. Todo, claro, si hacemos caso a las estadísticas (que es el tema que aquí nos ocupa y no el hecho sobre el que éstas hacen referencia y del que nadie discute su existencia), las que nos transmiten los medios de comunicación casi a diario.

Dice la leyenda que cuando avisaron a Picasso del poco parecido que guardaba Gertrude Stein con su retrato pictórico el propio pintor dijo: “no os preocupéis, ya se encargará ella de parecerse a él”. No se equivocaba el malagueño (verdadero avilla dollars), basta con que la noticia sea rentable para que sea la Realidad la que haga lo imposible por ajustarse a las estadísticas.
Otra cosa sería que no les importe acabar cazando moscas a quienes aún no veranean en Benidorm.

domingo, abril 22, 2007

La sociedad del esplendor y la nada

Podría decirse, y de hecho se dice, que la sociedad no se merece a los políticos que la representan. Y podría deducirse de ello que los políticos en cuestión, los que nos representan en este nuestro presente continuo, son impresentables.

Así la opinión pública: “nuestra clase política no es buena; todos los políticos son unos...; no nos los merecemos”. Y quede claro que los dictámenes que expresa la opinión pública son los que son y son como son: genéricos y universales, por lo que no pueden ser rechazados en base a poderlos considerar poco argumentativos, simples o maniqueos. O por decirlo de otra forma: los argumentos que expresa la opinión pública los expresa con Convicción Plena, sin dudas y sin fisuras, por lo que no podemos ignorarlos. Así la opinión pública: “tenemos una clase política que no nos merecemos”.

Podría decirse también, y de hecho se viene diciendo desde hace un buen tiempo, que los medios de comunicación supuran perversión por los cuatro costados; que están enfermos desde que han hecho coincidir su primer objetivo, informar, con el fín último de sus amos, medrar. Podría decirse, por tanto, que los medios de comunicación de nuestro ahora no nos los merecemos, pero no tanto debido a algún deje ideológico cuanto a la forma que todos tienen de ser: partidistas, categóricos, asertivos, manipuladores, interesados, envenenadores y sobre todo, serviles a la voz de su amo, un amo que carece de piedad con los débiles.

Podría decirse que nuestra televisión, la televisión de nuestro ahora, es pura basura. Y podría decirse sin que faltaran argumentos que pudieran demostrarlo y confirmarlo. Etc., etc.

Y así sucesivamente con todo lo que podría decirse... y que de hecho se dice respecto a todo eso que al parecer no nos merecemos.

Mutatis mutandi. Podría decirse que un gordo (un obeso) no es mas que alguien que estuvo engordando. La posibilidad de no seguir engordando la tuvo mientras aún no era gordo, mientras engordaba. La posibilidad de no seguir engordando la tuvo a diario, y durante muchos días, el que “ahora” es gordo. Sin embargo fue engordando hasta llegar a ser aquello que más rápidamente serviría para describirlo físicamente: un gordo; un gordo que lo es por haber estado engordando.

Da capo. Una de las discusiones académicas más recurrentes de hace casi 30 años era aquella que consistía en plantear si la televisión que teníamos era la que queríamos o si, por el contrario, era la que nos imponía un ente tirano llamado Poder. Había mucha gente que, posicionándose claramente en el segundo grupo, defendía una televisión plagada de tertulias, documentales y buen cine. Ha pasado un tiempo y es la sección de lo shares televisivos de los periódicos la que, a mi modo de ver, mejor define nuestra sociedad, la que sin duda nos merecemos.

Da igual que hablemos de políticos, de los medios o de la televisión. A quienes verdaderamente no nos merecemos es, sólo y paradójicamente, a nosotros mismos. Ellos (los políticos, los media y la televisión) son nosotros.

miércoles, abril 18, 2007

Cobarde

Han decretado una Fatwa contra una ministra paquistaní.

La ministra saltó en paracaídas vestida para los efectos y una vez hubo tomado tierra se abrazó a su instructor. Imagen feliz. Natural.

Los musulmanes que lo han hecho han decretado esa Fatwa. Así, ahora, esa ministra que corre con los tiempos que corren va ser perseguida. Esa ministra, que podría representar (significar) la versión más desarrollada de un sistema arcaico e inhabitable, será perseguida en nombre de las ideas (¿) que sustenta ese sistema absolutamente in-humano.

Así ella (la ministra paquistaní amenazada por transgresora y revolucionaria): “no tengo miedo a nadie mas que a Dios”.

Hasta aquí la noticia.

Yo, sin embargo: “tengo miedo casi a cualquiera... menos a Dios”. Y que cada cual haga sus cálculos de lo que puede significar “casi cualquiera” por comparación a Uno sólo”.

Nota. Este texto estuvo a punto de llamarse Alianza de civilizaciones, pero preferí sincerarme y mostrarme como lo que soy: un cobarde. Un cobarde, eso sí, que no teme al según muchos ente (?) más poderoso del universo.

Post Scriptum. Ayer escuché las declaraciones de dos jóvenes políticos vascos que están siendo amenazados a diario por parte de quien ya sabemos. La conversación entre periodistas y políticos no hacía más que insistir en lo difícil que debía ser para los políticos no comulgantes con el nacionalismo vivir en sus tierras. Y volvía, una vez más, a olvidarse del ciudadano de a pie. Ese ciudadano que teme, que vive con miedo; un miedo que no le permite ser libre; que no le permite ni siquiera ser el que de verdad sería sin ese miedo. Yo tengo miedo de pensar cómo sería “yo” si viviera en el país vasco. Pero pienso que, por miedo, sería un cobarde.

miércoles, abril 11, 2007

Más ritos sin mito: patético

En muchas ocasiones se trata de ir a ver exposiciones de Arte Contemporáneo con independencia de que sepamos (o no) que van a producirnos un gran sopor cuando no un tremendo aburrimiento. Es el precio que tenemos que pagar por ser tan sumamente libres. Y no se trata de una recriminación ni que una queja. El Arte Contemporáneo, es decir, el Arte de nuestro presente continuo no puede ser otra cosa que un bazar. Y en todo bazar hay sorpresas. Pero son la excepción.

Podríamos ir más lejos: casi todas las exposiciones de Arte Contemporáneo son un tostón. Pero no tanto por lo que en ellas se muestra cuanto por la imposibilidad de que pudiera ser de otra forma. El hecho de que pudieran ser masivamente extraordinarias nos conduciría a las mismas consecuencias que un orgasmo de media hora: a la muerte. Así, ir a ver exposiciones de Arte Contemporáneo no es mas que una muestra de interés, del interés que muestran quienes las frecuentan. Un interés que puede (o no) estar recubierto de deseo.

En contra de lo que promulgan los bienintencionados y los bienpensantes, no puede haber placer estético sin prejuicios. Lo que se requiere para disfrutar de una Obra de Arte presentada como tal (a instancias de la Institución); o mejor, lo que se requiere para poder extraer jugo a la experiencia artística es poseer una dosis importante de prejuicios (sentido crítico, que lo llamarían algunos). No hay verdadero placer estético sin prejuicios. El mal endémico del mundo del arte es haberle negado al espectador la posibilidad del disfrute sin mediatización; haberle negado el verdadero disfrute: el verdaderamente personal, el (s)electivo: el libre. Sin embargo, lo que desde la Institución se demanda es que el espectador nade en un mar de piedras. Y que además diga públicamente todo lo que le gusta nadar en tales condiciones.

No hay Arte más autentico que otro, se nos dice desde hace años desde la Institución que reparte éxitos basados en la pura contingencia, y por tanto nadie es, en puridad, mejor artista que nadie. Así Joseph Beuys: “todos somos artistas”. El todos somos artistas proclamado por el Dios Beuys se ha hecho realidad. Y lo ha hecho realidad, como era de prever, la falta de criterio de excelencia que ha impuesto la exigencia de Libertad Total. Ya no hay Arte, pues, sólo artistas como diría el infravalorado Gombrich. Aunque, como en todo aserto verdadero, pueda funcionar perfectamente su contrario.

El caso es que, siendo el Arte un simple y puro Bazar, sigue existiendo ese conjunto de encuentros y procedimientos simbólicos destinados a conferir sentido al inexistente por eliminado mito (¿). Ciertamente el mito ha desaparecido, pero, curiosamente no lo ha hecho el rito, ese procedimiento simbólico a través del cual el mito obtiene su pleno sentido. Es decir, por ejemplo: se nos asegura que todos somos artistas, pero después se obliga a los espectadores a nadar en un mar de piedras. Y a tener que decir públicamente lo reconfortante y tonificante que resulta.

lunes, abril 09, 2007

Pensamiento frágil

En algunas ocasiones se trata de leer libros aburridos. O malos, directamente. Y se hace con la única intención de estar informado sobre el concreto tema al que hacen referencia. Se leen porque toca, si bien lo que toca, sobre todo, es saber discriminar ante esas lecturas temáticas y múltiples.

En contra de lo que promulgan los bienintencionados y los bienpensantes, no puede haber Pensamiento sin prejuicio. Lo que se requiere para ser un buen lector; o mejor, lo que se requiere para poder extraer jugo a las lecturas múltiples es una dosis importante de prejuicios (sentido crítico, que lo llamarían algunos). No hay verdadero juicio sin prejuicio. El mal endémico del Sistema Universitario es, precisamente, el empeño sistemático y enfermizo de castrar toda posibilidad de Pensamiento. Lo que desde la Institución se demanda es que el estudiante haga acopio de Información; que rellene los pies de página con cartón piedra. Y que mastique arena.

Así, las tesis universitarias han perdido su sentido originario y han pasado a ser, en unos cuantos años, una formalidad perfectamente hueca sin otro cometido que asegurar la endogamia. La sociedad posmoderna, haciendo gala de la vacuidad que le caracteriza, mantiene los ritos aun cuando se burla de los mitos. Tener algo que demostrar es, para un posmoderno director de tesis doctorales, un acto de prepotencia y una falta de respeto al tribunal que lo debe juzgar. Para la Institución hay laureado sólo cuando el investigador ha dejado sus neuronas en las “autopistas de la información”. Masticando arena.

No hay verdad más verdadera que otra, nos dice desde hace años el pensamiento académico, y por tanto nadie está por delante de nadie; todos al mismo nivel, unos junto a otros. El “todos sois hermanos” proclamado por Dios se ha hecho realidad. Y lo ha hecho realidad, en contra de todas las previsiones, la falta de ideología, que no es otra que la que caracteriza al Pensamiento Único. No hay un Saber con mayúscula porque todo saber es coyuntural y contingente. El Mito se ha evaporado, pues. Para los bindicientes todas las culturas se encuentran al mismo nivel, por lo que no existen culturas superiores ni inferiores. Para los biendicientes, el que ciertas culturas (¿civilizaciones?) parezcan estar en un nivel (cívico, por ejemplo) inferior es debido, sólamente, a que ellos también mastican arena. Así pues: como nosotros.

El caso es que, siendo las ideologías algo decididamente periclitado, sigue existiendo el Rito, ese conjunto de encuentros y procedimientos simbólicos destinados a conferir sentido al inexistente por eliminado Mito (¿). Ciertamente el Mito ha desaparecido, pero, curiosamente no lo ha hecho el Rito, ese procedimiento simbólico a través del cual el Mito obtiene su pleno sentido. Es decir, por ejemplo: no hay un Saber... pero en las Universidades sólo aprueba el que pasa por la piedra. Masticando arena.